ANÁLISIS
Harinera Lanzaroteña, vivir en el alambre después de 61 años
En 1955 comenzó su actividad una de las industrias más señeras de Lanzarote. Harinera Lanzaroteña se hizo un hueco en el sector de los granos y las harinas en las Islas pero, tras 61 años de trayectoria, se ve abocada a vivir en el alambre.
Harinera Lanzaroteña, SA, se encuentra en una situación insostenible. Constituida en 1955 con un capital social de 1.500.000 pesetas de la época (cuando Editorial Prensa Canaria, por ejemplo, se constituyó con un desembolso de seis millones), pronto encontró un espacio propio en el sector de la fabricación de harinas.
La industria se edificó sobre lo que antiguamente se conocía como el barrio de la Florida, hoy calle Alegranza, a raíz de la unión de las tres industrias molineras existentes entonces: la de Puerto Naos, propiedad de Antonio Márquez; la del Rincón, de Carmen Ramírez del Castillo; y la de Juan Betancort López.
Poco después, en 1960, Harinera Lanzaroteña solicitó mejoras en su fábrica, situada en Arrecife, pasando su capacidad teórica de trabajo de 5.000 a 8.000 kilogramos de trigo diarios, ascendiendo el capital a invertir a 4.400.000 pesetas. La industria avanzaba con paso firme en una época en la que la harina era un producto esencial en el Archipiélago.
“La Harinera ha logrado surcar durante décadas las inclementes aguas del centralismo provincial”
Atendiendo a su experiencia en el mundo de la mar, la pesca y la navegación, la Harinera ha logrado surcar durante décadas las inclementes aguas del centralismo provincial. Tras el advenimiento de la democracia, ha venido padeciendo la espantosa desatención que los sucesivos Gobiernos de Canarias han brindado a las industrias radicadas en alguna de las cinco islas menos habitadas. Hoy, Harinera Lanzaroteña vive sobre el alambre.
La actividad principal de la empresa es la importación y el procesamiento de productos de molinería para la obtención de harinas para el abastecimiento del mercado interno. Pero la aparición de nuevos factores ha llevado a esta hábil funambulista a la extenuación. Quizá el principal sea la llegada de nuevos competidores que operan a costes inferiores, sin desdeñar la presencia de nuevos productos muy vinculados a la evolución tecnológica.
Estos obstáculos estructurales impiden a la Harinera repercutir sus costes a los clientes, al ser la harina un producto de consumo básico, y, por ello, muy sensible a pequeñas variaciones de precios. Y tampoco puede ensanchar su mercado hacia otras islas, entre otras razones porque esa medida no sería competitiva debido a las economías de escala, los costes derivados de la doble insularidad y los denominados costes infinitos.
Costes infinitos es la soga que lleva atada al cuello cualquier industrial que desarrolla sus actividades en alguna de las cinco islas menos pobladas del Archipiélago. Quiere decir que la situación periférica y la doble insularidad generan costes insalvables que impiden el desarrollo de actividades y provocan la desaparición de empresas. Que mejor dejas las industrias en manos grancanarias y tinerfeñas y te dedicas al turismo rural, vaya.
“El empeño en concentrar las industrias en sólo dos islas está derrotando a empresas ejemplares, como la Harinera”
Los costes infinitos, en definitiva, reducen el volumen de negocio y el crecimiento potencial de la economía que lo soporta, que no puede realizar economías de escala e inversiones estratégicas y de modernización. La existencia de costes de ultra periferia en Canarias afecta de forma especial a las empresas industriales, a las microempresas y a las empresas situadas en las islas menos pobladas, por lo que encuentran muy limitadas las posibilidades de expansión.
¿Entonces? ¿Cabría exportar hacia otras regiones no europeas? Tampoco. Es imposible exportar los granos y los productos transformados en harinas porque, en tal caso, se perderían las ayudas que concede la Unión Europea a las empresas canarias que, como la Harinera, trabajan con productos acogidos al Régimen Específico de Abastecimiento de la Islas Canarias (REA).
El empeño en concentrar las industrias en sólo dos islas, reduciendo a las demás al papel de simples consumidores finales con la inestimable ayuda de las instituciones canarias, está derrotando a empresas ejemplares, que, como la Harinera, se resiste a desaparecer. No bastan los gestos de buena voluntad, como el que tuvo el entonces candidato de Coalición Canaria a la Presidencia del Gobierno autonómico, Fernando Clavijo, en 2015, cuando visitó las instalaciones de la empresa.
Todos los gobernantes, todos los partidos, coinciden en que el tejido industrial de las islas menos pobladas debe ser considerado como estratégico. Pero, tristemente, coinciden asimismo en su incapacidad para arbitrar medidas concretas que conviertan esas palabras en realidades tangibles.
Y, claro, eso pasa por una política económica orientada al desarrollo industrial de las Islas, hasta donde ello sea posible, que respalde y dé sentido a los esfuerzos de modernización que realizan los industriales, como serían los silos construidos hace varios años por la Harinera en Punta Grande.
No sé qué pensarían los fundadores, y tantos otros de aquella hornada, si vieran a qué han quedado reducidos los ideales de fraternidad en la tierra canaria.