La vida entre volcanes

Míchel Jorge Millares
3/10/2021

La fuerza de la naturaleza se percibe a cada instante y en cada rincón del archipiélago canario. El embate del Atlántico o sus calmas, intentando ocupar el espacio de la tierra, representando la eterna lucha entre los elementos: tierra, fuego, agua y viento. Todo sucede en un reducido y aislado espacio. El lugar de encuentro -a veces colisión-, entre el alisio húmedo del Atlántico norte y el viento caluroso del Sahara, donde suena en sinfonía la brisa y el siroco, el mar de nubes y la calima. Y, sobre este paraíso de leyenda, vivimos los isleños.

Islas mitológicas donde sucedieron las grandes epopeyas, en los confines del mundo conocido, más allá del panteón de los dioses olímpicos, en el imaginario jardín de las islas afortunadas que bautizaron los clásicos, en la creencia de que esas fuerzas de la naturaleza también crean belleza y bienestar. Un escenario épico y dramático que se puede admirar desde hace una semana, con retazos de aquel paisaje idílico que formó la naturaleza con su tenacidad durante siglos, creando una gran variedad de ecosistemas únicos. Un jardín de jardines en un territorio que sufre el fuego de sus volcanes, los temporales o la puesta en producción de sus bosques y consumo sistemático de los recursos naturales por sus colonizadores. Y, a pesar de todo, pervive la huella del pasado que describe magistralmente Miguel de Unamuno, tras sus estancias en Gran Canaria, para transportarnos a "lo que debió ser el terrible combate entre Vulcano y Neptuno, entre el dios del fuego y el dios del agua". Y estos días hemos visto nuevamente lucha mitológica con una imparable erupción telúrica de fuego, roca, humo... Hemos acompañado, impotentes, las lenguas de lava en su carrera hacia el mar para arañarle unos metros, los que la constante fuerza mareomotriz arrebata a los límites costeros de la isla en su constante empuje frente a la roca incandescente que cubrió el océano y que éste ha enfriado.

Pero el volcán también deja su propia huella, su memoria, una cicatriz cauterizada sobre la piel delicada de la isla. Un mar de cenizas que ha sepultado cientos de historias de personas que van a rehacer sus vidas. Supervivientes de una catástrofe natural. Otra más. Sin ningún herido, salvo en sus almas. El paraíso fue inundado por un río de fuego.

Vivimos estos días una erupción volcánica espectacular y sorprendente. A pesar de que durante días acechábamos el baile de temblores de tierra que demostraban el movimiento telúrico que estaba gestándose, bajo la zona de Cumbre Vieja en la isla de La Palma. Teníamos la esperanza de que siguiera el rumbo de San Juan (1949) y Teneguía (1971). Al final, el 20 de septiembre se abrió paso hacia la superficie, casi en el centro de la isla. 10 años después de la erupción submarina de El Hierro y en el 50 aniversario de la erupción del Teneguía (a pocos kilómetros de la actual). Y, por mucho que se esperaba y se sabía que iba a producirse, nadie podía precisar dónde y tampoco imaginaban la magnitud de la catástrofe, para quienes han perdido todo sepultado por una avalancha de magma imparable.

Y este es nuestro paisaje cotidiano. Grandes cráteres y picos, calderas de hundimiento y erosión profunda, y la vegetación nacida del volcán, criada en la necesidad, en la adaptación, en la resistencia frente a épocas de sequía, temporales de lluvia y viento…

Ese espacio también es la identidad de su población, que ha sabido adaptarse a su contradictorio destino. Los volcanes son el paisaje real, espectacular, como lo describe Unamuno: "Todas aquellas negras murallas de la gran caldera, con sus crestas que parecen almenadas, con sus roques enhiestos, ofrecen el aspecto de una visión dantesca. ...Es una tremenda tempestad petrificada, una tempestad de fuego más que de agua". Y en esa fragua, de inciertos pronósticos, viven personas. Con esa fuerza de la naturaleza, de mar en el firmamento y vértigo en la visión del centro de la tierra. Son canarios y canarias que conocen el latido de la tierra, el rugido de la roca, el choque del océano contra el acantilado. Una realidad que inspira, que durante siglos ha vivido en nuestros sueños, pero que también puede originar situaciones trágicas, aunque no haya víctimas mortales. Es el contradictorio mundo que habitamos, donde una erupción volcánica ha acabado con el sueño de muchas personas, pero también ha despertado el interés y atracción de otras muchas y, sobre todo, la solidaridad. Un volcán mucho mayor de apoyo y generosidad

Añadir nuevo comentario