Opinión

Arrecife, ciudad impensada

Arrecife, ciudad impensada

Muchas ciudades, tal y como las conocemos en la actualidad, son el resultado de distintos procesos a lo largo de su historia. Pasan por un estadio inicial en el que se produce una mera ocupación del suelo sin que responda a un programa previo para, luego, y según la importancia que vayan adquiriendo esos emplazamientos, se podrá propiciar la aparición de diferente normativa relacionada con el trazado de nuevas vías o sobre la parcelación que convenga a la ciudad o la altura de sus manzanas. Por tanto, la ciudad será una convivencia de varios tiempos y estrategias que, de no haber sido transformada radicalmente, estarán presente en sus calles y/o en su trazado.

En la actualidad, y desde tiempo atrás, son los planes generales los que ordenan el desarrollo de los espacios urbanos y de los municipios, quedando determinado nivel de detalle recogido en diversas ordenanzas con capacidad de ser mejoradas, modificadas y adaptadas, más que lo que lo puedan ser las condiciones recogidas en un plan general.

Arrecife, siguiendo el relato anterior, cuenta con testimonios de todo su tiempo, que se puede concretar en el trazado de parte de la ciudad antigua que si cartografiáramos y superpusiéramos a los antiguos planos existentes, el resultado sería idéntico al de varios siglos atrás. También es cierto que, del suelo hacia arriba, los testimonios que formaban parte de ese trazado han desaparecido masivamente. El haber llegado al Arrecife actual, tal y como lo hemos hecho, no parece que haya obedecido a un proceso reflexivo de aquellos a quienes correspondía la toma decisiones, sino a medidas, a veces arbitrarias, pues no se adoptaban para la consecución de un fin último relacionado con la ciudad soñada. No subyacía una aspiración de ciudad con unos sólidos fundamentos teóricos de cómo tenía que ser, sino de decisiones sin continuidad y con rupturas tras cada mandato de sus dirigentes.

En la actualidad, aún con un plan general vigente y con demandas sobre su revisión y actualización y a pesar del nivel de detalle del mismo, no queda muy claro que la ciudad esté bien pensada ni cual es el techo que se quiere lograr. No parece fruto de la observación y de una reflexión concienzuda el que la ciudad esté sitiada por todos sus puntos cardinales, a excepción del sur, por zonas industriales, pareciendo más, fruto de la improvisación o de la legalización de intervenciones no ajustadas a la ley que de una mente que pensara en la conciliación del desarrollo y el reparto de riqueza, así como en el bienestar de sus habitantes.

La parte gráfica de los documentos de ordenación del municipio son, en mucho casos, una serie de planos en los que colores y tramas deberían obedecer a algunas consideraciones relacionadas con el bien de la población. Sabemos, no obstante, que a veces son otros los que proponen esos colores según de qué parcela se trate, tal es la presión que llega desde determinadas instancias externas. Pago de favores, determinadas servidumbres, o la mera corrupción que alcanza, como ya sabemos, a normas y leyes que se adaptan a aquellos intereses.

Arrecife, por allá de sus límites históricos, se desarrolló atendiendo a lo recogido en normas subsidiarias y planes generales, no pareciendo muy ambicioso el resultado en tanto sus nuevos trazados carecen de la voluntad de que el espacio público sea el mejor lugar para la vida de sus habitantes, proponiendo nuevas alineaciones que, a futuro, acaban con las edificaciones existentes, y por tanto con la antigua arquitectura. En el centro de Arrecife son más que apreciables los retranqueos frutos de aquellas medidas, las cuales generan un caos visual por la discontinuidad de los frentes construidos en una misma calle. Alturas diversas en la misma acera son también el resultado de esas acciones aisladas y que carecían de una visión de futuro y de una mirada afectuosa a la vieja ciudad. Para una misma vía, unos proponían tres alturas, y los siguientes dos. Pudiendo conciliarse se optó por la destrucción. El resultado es que nada de lo que reemplazó a lo desaparecido mejoró el paisaje urbano. Tampoco nada de lo que se trazó y construyó en suelos por colonizar fue fruto de ningún aprendizaje de tantos años de civilización y de experiencias que observar en otras latitudes.

Determinadas manchas sobre los planos, esto es, la propuesta de zonas verdes y de esparcimiento han aparecido y desaparecido durante años sin explicación. Unos ponen y otros quitan. A pesar de lo expresado, Arrecife pasa por un acto de reconciliación y de aceptación de lo que es en la actualidad con el objeto de avanzar. Algunos pensamos que la espera de un nuevo plan general es un mantra que repiten quienes no tienen nada que aportar para la mejora de las condiciones del espacio público. Afirmar que se hace necesario su reconstrucción es ignorar las posibilidades que se aprecian y que son de una evidencia pasmosa de cara a la mejora de la calidad del espacio urbano.

Por tanto, no creo que un nuevo plan general sirva como revulsivo de la capital; todo lo más despejará alguna incógnita, dará respuestas puntuales a algunas deficiencias y otorgará cambios de uso y mayor edificabilidad a algunos suelos. Con ese instrumento de ordenación la mayor parte de la ciudad no obtendrá ningún beneficio, pues ya se encuentra desarrollada. Basta pensar a quién se le va a ocurrir apostar por una zona verde en la calle Triana o en cualquier manzana del centro de la ciudad y plasmar esa voluntad en un plan general.

La pregunta es desde qué marco se dan las repuestas que la ciudad consolidada —que es la mayor parte— demanda, y no es otro que el de las ordenanzas municipales, un asunto nada menor que establece posibilidades muy interesantes. Unas van en la dirección del ornato, y me entenderán si digo que los tendidos eléctricos y de telefonía dispuestos en las fachadas y atravesando calles, y los aparatos de aire acondicionado a la vista en las fachadas son asuntos que se resuelven a través de unas ordenanzas. El asunto es si hay alguien por ahí dispuesto a cumplirlas y hacerlas cumplir.

Las ordenanzas son una clave esencial para la transformación urbana que Arrecife demanda, no un nuevo plan general. Habrá que pensar con ambición para dar respuesta a unas y a otro, y seguir pensando, en clave de bienestar, sobre qué ordenanzas debemos retocar o hacer de nuevo cuño para los ansiados cambios que anhelamos y que mejorarán nuestra calidad de vida, la vida de los usuarios, y la percepción de los turistas que esperamos llenen nuestras calles, cosa que harán sólo si la experiencia merece la pena. Lo mejor es que los ejemplos, aunque modestos, sobre cambios evidentes en cómo percibimos determinadas calles ya existen, valga el testimonio gráfico aportado de uno de ellos. Cambios, por cierto, que no necesitan de un nuevo plan general para ser posibles. Ordenanzas, pero también iniciativas, claro.

En manos de dos mujeres parece estar la respuesta —si es que quieren poner atención en estas posibilidades que se abren—, una, porque manda en la ciudad, la otra, porque tiene los recursos y algunas responsabilidades y competencias sobre el conjunto del territorio insular. No todo son macroproyectos caros y de dudosa eficacia. Sería esta una oportunidad para comprobar cómo determinadas sensibilidades, por fin, pueden ser la llave para la transformación urbana del enclave más habitado y capital de la isla. Hablo de Arrecife.

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