Opinión

Astridpérez. Creer o no creer en la ciudad

Astridpérez. Creer o no creer en la ciudad

Los términos habituales para acercarse a la imagen de la alcaldesa de Arrecife giran en torno a conceptos como fortaleza y control, de los que aparentemente hace gala. La supuesta mano de hierro y el éxito de Pérez parecen tener más que ver con su gestión del Partido Popular que con su tarea política al frente del Ayuntamiento de la capital, pues pudiendo exhibir también modos férreos, ello no conduce a pensar que se traduzca en una acción de gobierno eficaz. A los resultados me remito a dos años de finalización del mandato.

Algunas manifestaciones de la alcaldesa sobre su responsabilidad municipal nos permite vislumbrar qué es lo que piensa sobre la ciudad, y la más notoria hace referencia a alguna afirmación sobre la necesidad de reconstruirla. No sería tan preocupante que fuera así; lo llamativo es que no cuente con un plan para abordar la problemática de cualquier urbe de las dimensiones de Arrecife, que es lo que le toca, no sólo porque se debe a sus votantes, sino por toda la población de la que es regidora.

Si en las corporaciones locales e insular existe la capacidad de contratar a personas que, por su perfil, puedan asesorar en determinadas parcelas, no percibo que la alcaldesa se haya hecho rodear de observadores de la realidad del municipio para acercarse a las respuestas que necesita Arrecife, de manera prioritaria, su espacio urbano. De tener asesores, se concluiría que, o tienen idéntica percepción sobre que nada se puede hacer con lo que tenemos, o que no tengan ni idea de por dónde van los tiros, pero lo que tampoco sería bueno es que carezca de persona alguna para estos asuntos.

Cerrar la Avenida al tráfico no es parte de la solución si no se interviene en sus aceras de una manera atractiva y generando grandes zonas de sombra

En cualquier caso, al no haberse hecho rodear de los perfiles adecuados, corre el riesgo de caer en una enorme orfandad, pues partimos de la base de que existen medidas efectivas a adoptar que mejorarían sustancial y rápidamente la percepción sobre el espacio urbano, medidas que parece desconocer y que nadie le traslada. Tampoco parece que haya iniciado ningún proceso de escucha de la ciudadanía para conocer sus anhelos sobre el espacio público. No se trata tanto de sacar a información pública los proyectos que se aprueban, como de preguntar a la ciudadanía sobre cuestiones que contribuyan a la toma de las mejores decisiones. No podría decir que, de no hacerlo, ella se lo pierde, porque lo cierto es que somos nosotros lo que nos lo perdemos.  

Una segunda cuestión que se pone en evidencia es que la alcaldesa es de la cuerda de quienes defendieron a capa y espada que la apertura al tráfico de la Avenida era la solución para el imparable proceso de degradación y desertización del centro urbano, cuya decadencia es notoria y de la que no se puede culpar, al menos no solamente, a la pandemia. La realidad, no obstante, nos indica que cerrar la Avenida al tráfico no es parte de la solución si no se interviene en sus aceras de una manera atractiva y generando grandes zonas de sombra, algo que no se logra con maceteros ni jardineras.

El proceso comenzó tiempo atrás y siendo varios los factores que provocan la situación, entre ellos está la aparición de nuevas centralidades comerciales y ni el empresariado ni las asociaciones que los representan ha hecho gala de reflejos ni imaginación para dar la réplica. No ha habido capacidad alguna para responder al reto mediante la propuesta de intervenciones que cualifiquen los negocios y las calles de Arrecife frente a las ofertas en las grandes superficies. Qué mejor gran superficie comercial que las calles de una ciudad en la que se restrinja el tráfico y se dote de calidad ambiental todas esas vías. Pensemos que en todo el mundo se imponen centros comerciales que imitan vías urbanas, justo lo que sí tenemos y no hay necesidad de crear desde cero. Las calles de la capital podrían tener un pase —y es posible que ni así— si los que transitaran por ella fueran sólo los residentes y careciera de actividad comercial. A pesar de lo dicho, son espacios sin tirón y nada acogedores, y esta sensación se acrecienta si se carece de lugares que sirvan de punto de encuentro de la población, eso sí, siempre que disfruten de condiciones óptimas para que se produzca ese encuentro.

Arrecife carece de espacios con esas cualidades y no es sólo un lugar para los residentes. La actividad comercial se viene abajo porque el listón está donde no debiera, y la afluencia de personas disminuye porque la actividad comercial es deficitaria y el marco en que se genera igualmente carece de aquel atractivo. Disponemos de la existencia de terrazas donde echar un rato, pero la belleza y la bondad de las vías no son precisamente la bandera. Si el entorno disfrutara de unas excelentes condiciones, justificaría un paseo por sus calles y, por añadidura, mejorarían las ventas de los comercios. Son dos cuestiones que se retroalimentan. De darse esta situación previa, lo siguiente, por pura lógica, sería la apertura de nuevos negocios y el florecimiento de la actividad.

El asunto es hacerle ver a la alcaldesa y al equipo de gobierno que tienen una misión, y que el esfuerzo que se vuelque en ello deberá producir resultados satisfactorios

Sobre si es posible el logro de determinados niveles de calidad aceptando la realidad de sus malas edificaciones, más parecidas a las que podemos encontrar en la periferia de cualquier ciudad —porque los inmuebles son la justificación para que algo se llame calle, pueblo o ciudad— no tengo ninguna duda de que eso es más que posible y viable. En unas recientes imágenes de Rabat por televisión, me resultó sorprendente identificar sus calles como muchas de las de Arrecife. El asunto es hacerle ver a la alcaldesa y al equipo de gobierno que tienen una misión, y que el esfuerzo que se vuelque en ello deberá producir resultados satisfactorios, pues no vale cualquier intervención, ya que, de resultar desacertada, habremos perdido recursos económicos y un tiempo muy valioso, y disminuirían las oportunidades. Todo eso si no logramos los niveles que la hagan atrayente, ya sea para sus habitantes, como primeros depositarios, como para el turismo que queremos que llene a sus calles. ¿Imagina alguien las calles en su situación actual colapsada de turistas sin saber qué rumbo tomar, y con cara de póquer buscando algún estímulo visual? No, claro, volarían a la parada de la guagua para salir lo antes posible de aquí.

En estos días, la alcaldesa publicita las últimas licencias concedidas para el centro de la ciudad y recuerda las otorgadas. Lo que parece querer transmitir es que todo va de primera en el antiguo centro histórico, y, lo que es peor, que con la iniciativa privada se resuelven todos los problemas del espacio público. De ser así, ¿para qué queremos, por tanto, al Ayuntamiento? La realidad es que la degradación continúa por la inacción municipal. Toca ir de la mano con el empresariado que sigue apostando, porque de las fachadas para afuera todo es Ayuntamiento.

Nos haría enormemente felices que la afirmación de su cargo la realizara defendiendo un discurso en el que ponga de manifiesto lo que desea hacer y cuándo lo va a llevar a cabo. Del éxito de la misión que debería liderar la alcaldesa no albergo la menor duda, tanto a nivel personal por cumplir con el compromiso con la ciudadanía cuando recibió el bastón de mando, como a nivel político.  Es que no le moverían la silla en la vida. 

Astridpérez. Creer o no creer en la ciudad
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