El ruido de los cobardes
“Y gritan fuerte los que nunca han sido audaces, los que ponen caras serias y me acusan de vivir”.
Esta frase de la mítica banda Ilegales no es solo una letra de rock. El mundo está saturado de individuos que han hecho de la inhibición una bandera y de la crítica una forma de vida. Es la radiografía de un resentimiento que no nace de la injusticia, sino de la propia impotencia.
La capacidad de asumir riesgos para emprender, cambiar de rumbo o romper moldes, es hoy una virtud fustigada. En una sociedad que premia la tibia uniformidad, la autenticidad se percibe como una amenaza. Es mucho más sencillo señalar desde el anonimato que gestionar las propias incertidumbres.
El mundo está lleno de censores de salón que poseen soluciones brillantes para problemas que jamás han tenido el valor de enfrentar. Es fácil ser íntegro cuando no hay tentación, y sencillo ser valiente cuando no hay nada en juego
Sin embargo, el audaz (ese que arriesga su patrimonio, su apellido o su propia paz por una idea) contrae un compromiso ineludible con el error. Y el error es el subproducto noble de la acción. El que se equivoca posee una dignidad que el crítico jamás podrá alcanzar, porque es la prueba de que ha intentado no someter a la realidad.
Los que vigilan desde la barrera son pulcros, pero solo porque son estériles. No construyen nada, así que se dedican a la demolición del entusiasmo. El arrojo ajeno solo pone en evidencia su indolencia.
La mediocridad es gregaria. Necesita que todos caminen al mismo paso para no sentirse pequeña. No permitamos que el estruendo de los que solo miran consiga silenciar el derecho (casi sagrado) a vivir con audacia.
Vivir con determinación es el único acto de soberanía real en una sociedad que premia la transparencia de los que no estorban. Atrevámonos a devorar la vida, no a morir resignados por consignas diseñadas para domesticar el espíritu…