Opinión

Por el derecho a la cultura

Por el derecho a la cultura

Desde la etapa escolar nos empachamos de referencias y conocimientos sobre civilizaciones antiguas como la China, Egipto, Mesopotamia, Grecia y Roma, entre otras, no siendo pocas las páginas de libros y horas de clases dedicadas a estudiar su  impresionante organización, crecimiento, desarrollo cultural y militar, y su decadencia también.

Y cómo no iban a ser objeto de estudio las aportaciones de las civilizaciones antiguas al mundo moderno si gran parte de nuestra forma de vida está recogida a partir de su herencia y el  extenso e interminable proceso de aprendizaje histórico. Cultura en el sentido amplio de la palabra, desde la invención de la escritura, el descubrimiento de la agricultura como actividad productiva de supervivencia y la domesticación de animales hasta los avances y valioso legado artístico, los avances de la organización de la sociedad, la arquitectura e ingeniería, con la construcción de  canales y embalses, el trueque y posterior uso de la moneda para asentar la economía.

Estudiar la cultura, cultura y cultura, a puro libro, no se cansaban de repetir los profes de ciencias sociales. La modernidad trajo innumerables definiciones humanistas, técnicas y filosóficas del simple y a la vez muy complejo término cultura, casi todas desembocando en el ‘desarrollo de…’.

La cultura es un derecho, tanto, que es un derecho recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que en su articulado  hace hincapié en el derecho a participar en la vida cultural, la protección, el desarrollo y la difusión de la ciencia y la cultura. Que es un derecho, no lo discute nadie, pero todavía hay quienes se aferran a la polémica, más jurídica que otra cosa, si la cultura debe ser considerada o no un derecho fundamental.

En medio de la vorágine mundial, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) no solo  se esmera en recordarnos que desde los monumentos históricos y museos hasta las prácticas de patrimonio vivo y las expresiones de arte contemporáneo, la cultura enriquece nuestras vidas, nuestras vidas y el alma, sino que la cultura ayuda a construir comunidades inclusivas, innovadoras y resistentes.

Apoyar la creatividad y su visión crítica a través del teatro, la danza, la pintura, la música, la literatura o cualquier forma de expresión, apoyar a los movimientos culturales y proteger el patrimonio cultural es por tanto esencial “para afrontar los retos de nuestro tiempo, desde el cambio climático hasta la pobreza, la desigualdad, la brecha digital y las emergencias y conflictos cada vez más complejos”.

Creemos que tenemos la lección aprendida desde hace rato pero el desprecio a la cultura, ejemplificado en el escaso presupuesto de grandes Estados, la poca vergüenza de muchos políticos que solo reconocen a los artistas y gestores culturales como un caladero de votos cuando se acercan las elecciones y el desinterés de los medios de comunicación, incluidos los públicos, que se regodean más en la tragedia, el llanto y el sufrimiento, dejando espacio residual a esa cultura que dicen “hay que apoyar”, retratan la penosa realidad.

Este cóctel de la displicencia y el “olvido”, nada casual y muy consciente en mi opinión, tiene anestesiada a una sociedad que tampoco pone de su parte para sacudirse de la indolencia: no se informa y demuestra apatía por hacerlo, sigue pensando que la cultura está reservada para la élite, desestimula y estigmatiza a jóvenes creadores que pretenden formarse en las artes, no va o asiste poco a propuestas gratuitas y mucho menos a espectáculos de pago, hoy y en tiempos de abundancia económica, así que no echemos la culpa también a la guerra de Ucrania, la excusa de moda y perfecta para todo. 

Ahora que en septiembre empieza el nuevo curso académico, los jóvenes que hayan decidido emprender su formación universitaria en carreras de ciencias de la comunicación y humanidades y piensen que en las aulas recibirán todas las herramientas para formarse la tienen cruda, como no espabilen, lean y se informen por su cuenta y ejerzan su libre derecho a la participación en la vida cultural, donde también se disfruta a lo grande.

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