El Atlántico con la cruz de Génova: cómo Malocello y los cartógrafos redibujaron el mundo

Durante siglos, las Islas Canarias estuvieron relegadas al reino del mito, sombras desvaídas en las crónicas de Plinio el Viejo. Sin embargo, al amanecer del siglo XIV, ocurrió lo impredecible: un navegante genovés, Lanzarotto Malocello, empujó su proa más allá de las Columnas de Hércules y, hacia 1312, desembarcó en una tierra que el tiempo había olvidado. No fue solo un descubrimiento, sino el inicio de una revolución visual y política impresa de forma indeleble en los pergaminos de los más grandes cartógrafos de la época.

La primera y tímida aparición de las Canarias modernas ocurre en el planisferio de Giovanni da Carignano (1312-1313). Carignano, rector en Génova, tenía el oído atento a los relatos de los muelles, donde las noticias viajaban tan rápido como los cargamentos de especias. En su carta aparece una "mancha" de tierra frente a África: es una isla dibujada con precisión física, pero completamente carente de nombre.

Es el fotograma de un mundo en formación: la noticia del viaje había llegado al puerto, pero la identidad de la isla aún no se había oficializado. Aquí asistimos al paso del mappa mundi teológico al portulano operativo. Si los mapas anteriores servían para mostrar el orden divino, con Malocello la cartografía se convierte en una herramienta matemática basada en la "brújula y el compás".

El verdadero salto de calidad se produce en 1339 con el portulano de Angelino Dulcert. En esta obra, la isla recibe oficialmente el nombre de Insula de Lanzarotus Marocelus. El mapa de Dulcert no es solo un dibujo, es una base de datos estratificada que refleja el uso de técnicas vanguardistas para la época:

La carta está atravesada por una telaraña de líneas (rumbos) que parten de las rosas de los vientos. Este sistema permitía a los navegantes seguir rutas constantes, transformando los diarios de a bordo de Malocello en proyecciones geométricas.

 La precisión con la que Lanzarote y Fuerteventura están posicionadas respecto a la costa africana sugiere que los cartógrafos habían estudiado los relieves de la brújula y los cálculos de velocidad aportados por los marineros genoveses.

Los mapas estaban orientados al Norte magnético. La capacidad de Dulcert para situar las islas con tal exactitud demuestra que los genoveses habían aprendido a "corregir" la ruta observando la Estrella Polar, compensando la declinación magnética atlántica.

El elemento más fascinante de esta cartografía es el vínculo entre geografía y política. Desde el Atlas Luxoro (c. 1339) hasta el célebre Atlas Catalán (1375), las islas dejan de ser simples puntos en la ruta para convertirse en territorios en disputa:

Sobre Lanzarote aparece nítidamente el escudo de plata con la cruz roja de San Jorge. No es un simple homenaje: es la declaración de que la isla está bajo la influencia de la República. Malocello construyó allí un castillo y permaneció casi veinte años, actuando como un verdadero señor feudal.

Con el avance del siglo, comienzan a aparecer los símbolos de Castilla y Portugal, reflejo de las expediciones (como la luso-italiana de 1341) que buscaban arrebatar la primacía a los pioneros genoveses.

Las islas se dibujaban a menudo ligeramente más grandes de lo normal. No era un error, sino una elección técnica: servía para dar espacio al cartógrafo para insertar información sobre escalas y recursos, como la orchilla, el preciado liquen usado para teñir tejidos de púrpura, motor económico de la expansión.

Los mapas de este periodo —desde el "silencio" de Carignano hasta la riqueza de detalles de Soler— nos cuentan una historia de integración. Las "Islas Afortunadas" dejan de ser un mito para convertirse en escalas logísticas y puestos estratégicos.

Lanzarotto Malocello, con su castillo hoy desaparecido pero eterno en los pergaminos del siglo XIV, permitió a la mente europea derribar la última barrera del mundo conocido. Gracias a él y a los cartógrafos que tradujeron sus gestas en signos gráficos, el Atlántico dejó de ser el "Mar de las Tinieblas".

Estos mapas representan el acta de nacimiento del mundo moderno. Si Malocello no hubiera tenido el valor de desafiar lo desconocido, Lanzarote habría seguido siendo una mancha desvaída. En cambio, aquella "mancha muda" de 1312 se convirtió en la primera piedra angular de esa extraordinaria era de exploraciones que, un siglo después, llevaría a Europa —guiada por otro genovés— a cruzar el océano entero. El Atlántico ya no era un muro, sino un camino fijado para la eternidad sobre la piel de un pergamino.