Opinión

Corren. Contratiempos

Aunque no lo parezca y la mayoría de las ocasiones nos quedemos como el que se tragó el cazo, pienso que es la ingenuidad la cualidad que más alegrías y esperanzas nos puede dar. También la más difícil de mantener por su irrenunciable humanidad.

La ingenuidad habita en la confianza, lejos de despachos e instituciones de cualquier tipo, de gabinetes de propaganda y consejos de administración compitiendo por el voto unos,  otros por el poder, o ambos por el poder directamente, así, sin más; es decir, competir cínicamente por apropiarse de los recursos y del monopolio y la legitimidad en la construcción de la realidad sin importar mucho los medios empleados para ello (cosas de la guerra, al fin y al cabo la economía, la política y el derecho son otras de las manifestaciones de la guerra).

La ingenuidad, en cambio, está más próxima a la matriz espontánea de una mirada cómplice que tiene un espacio común que defender, un día a día que habitar y sobre el que mantenerse. El espacio común entonces es la gramática indispensable que está encarnada en cada acto y en cada actitud que lo precede, en cada búsqueda compartida por afrontar las contrariedades y perseguir los huecos (los huecos son el espacio vital y rosado de los sueños) que nos vinculan.

La Humanidad es el lugar que inevitablemente habitamos y del que huye toda institución y prejuicio que, por naturaleza, tiende a clasificar y jerarquizar y por tanto, a expulsar todo aquello que no se ciña al patrón de uso y costumbres, a los procedimientos formales de la maquinaria biopolítica de normalización. Aquí nos-otros, allí los-otros: los aquellos y las aquellas.

Ser ingenuos o ingenuas es directamente confiar, ponerse literalmente en manos de algo o de alguien, dejar parte de nuestra vida y de las cosas importantes en esas manos; de ahí que la confianza esté enlazada con la esperanza directamente, de hecho, nos entregamos porque sabemos que se cumplirá de alguna manera aquello que esperamos, ese empeño tan visceral de mantenernos proyectados en que algo sucederá y que  es todo lo contrario a controlar, a dominar, a abusar y utilizar sin escrúpulos a las personas más débiles y arrinconadas por la parte más debilitada. Vallas y océanos mediantes.

La ingenuidad es una cualidad que se amasa entre iguales, en igualdad, con ese punto de fe: no eran Derechos, queríamos hechos decían mientras les disparaban. El derecho está para ser suspendido. Pero nos aferramos e ellos  siendo lo mejor que tenemos.

La ingenuidad requiere coraje para mantenerse, reconocerse en los demás, en “el otro que me requiere y me interpela” que indicara Lévinas, ser ingenuos o ingenuas, es admitir que por muchos años que hayamos vivido siempre estaremos en el principio, expectantes a la fuerza, en vilo, menesterosos.

La ingenuidad tiene su origen en la libertad que da el saberse humanidad, esa genética original que nos engrandece y que a la vez nos coloca vulnerables ante el engaño de la estupidez siempre acechante.

“Hace falta mucha ingenuidad para volver a empezar todos los días en un mundo tan malo; hace falta mucha ingenuidad para volver a encender el fuego, regar las flores, velar al enfermo.” (Santiago Alba Rico)

Ya lo dejó dicho Nietzsche, cualquier aspiración más allá de la miseria ética vendrá de la mano ingenua de un niño, de una niña. Inocencia, un nuevo y permanente comienzo.

Vivir, es entonces mantenerse en la confianza que se entrega y mima, es saber que la ingenuidad sostiene esta ruina limitada, anhelante y afectuosa que es el ser humano, y que sea lo que sea que seamos, siempre lo hemos sido y lo seremos día a día, en común, por más que la estupidez y la malicia predominen.

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