El País de las Mil Caras Largas: donde el franquismo se maquilla y el machismo se desata
Imagínense el escenario: España, 2025.
Tú vas por la calle tan tranquilo y, de repente, caes por la madriguera de un conejo con pulsera rojigualda y terminas en un lugar extraño, casi mágico, donde todavía hacen misas por Franco. Un cuento surrealista, pero sin té, sin gracia y con algunos personajes que dan más miedo que la Reina de Corazones.
En ese mundo torcido aparece el protagonista de esta historia: un vendedor de recuerdos franquistas que, lejos de vender espejitos o llaveros, decide que lo suyo es tocar a dos activistas de Femen como si fueran propiedad pública. Porque sí, porque puede, porque se cree en 1960 y porque su cerebro vive en un Wonderland de patriarcado rancio donde las mujeres existen para aguantar lo que él quiera. Qué fantasía tan lamentable.
La Policía, menos mal, lo detuvo.
Un aplauso para la cordura, que aún aparece de vez en cuando.
Era cuestión de minutos: si te pones a vender basura fascista y encima te dedicas a meter mano en plena calle, con cámaras grabándote, el cuento solo puede acabar con esposas. Y no de las divertidas.
Lo suyo ya no es machismo:
es una performance grotesca, una versión cutre del Sombrerero Loco pero sin talento ni excusas. Ese tipo de chulería que nace de pensar que el mundo sigue girando según los caprichos de los que gritan “arriba España” mientras se les cae la ética por el suelo.
Y el problema es más grande:
no es él solo.
Es el escenario completo.
Una misa por Franco en pleno 2025 es ya de por sí un delirio que Lewis Carroll rechazaría por excesivo. Pero si encima ese ambiente sirve de seta gigante bajo la que los machistas se sienten gigantes… pues aquí lo tenemos: un energúmeno creyéndose con derecho de tocar cuerpos ajenos “porque así ha sido siempre”.
Qué maravilla. Qué atraso. Qué asco.
Lo irónico —porque siempre hay ironía en los cuentos retorcidos— es que los más preocupados por “la moral” y “los valores” son los que menos manos quietas tienen. Qué casualidad que los guardianes de la tradición sean siempre los que se piensan dueños de todo, incluido el cuerpo de las mujeres.
Las dos activistas, por suerte, salieron por su propio pie.
El único daño grave aquí es el que sufre este país cuando ciertos especímenes siguen campando como si la igualdad fuera un invento moderno que podemos ignorar.
Que caiga todo el peso de la ley sobre él.
Y que le caiga con fuerza.
Si quiere volver a vivir en su fantasía de dictadorcitos y mujeres sumisas, que lo haga desde una celda, donde al menos el surrealismo tiene límites.
El dictador lleva 50 años muerto.
El machismo, por desgracia, sigue disfrazándose para colarse en escena.
Pero cada vez que se le arranca la máscara, pierde un poco de magia oscura.
Que este cuento termine como tiene que terminar:
con la puerta cerrada en su cara.
Y si insiste, ciérrenla más fuerte.