Bioesquinas sin ambición

Bioesquinas sin ambición

Las esquinas con vida las debieron inventar las meretrices y los chaperos, pues tiene un componente muy práctico: controlar hasta cuatro calles donde ofrecerse. No hay censura ni moralina en mis palabras, pues no soy de las que afirman que la prostitución y la trata de blancas son la misma cosa, pero eso es otro artículo. 
 
No creo que para arreglar esta ciudad haya que optar por más de dos soluciones. Una es demolerla entera y reconstruirla —sin considerar la vía de las demoliciones parciales—, y otra es aceptarla como testimonio de la mala gestión de todos sus alcaldes sin excepción, desde 1960 hasta ahora, casi sin exclusiones, ni tan siquiera a los que la soñaron moderna. Con la primera de las opciones gastaríamos cuatro vidas, lo cual es impensable; por tanto, los que afirman sin rubor que esto lo arregla un nuevo Plan General sólo se limitan a repetir un mantra sin alcanzar a comprender su significado.
 
Lo prudente parece que es dejar de apelar al Plan General como la panacea, pues Plan General hay uno y está bien vivo
Ninguno de los que defiendan esta opción sabrían explicar cómo cambiaría esta ciudad con ese nuevo Plan, estoy convencida de ello, pues cuando hayan relatado los beneficios de cuatro parcelas de cuatro propietarios, se van a quedar sin argumentos para contarnos cómo cambian esas soluciones a esas parcelas el resto de la ciudad, o sea de toda la ciudad. Como no cambiarán nada de nada, pues lo prudente parece que es dejar de apelar al Plan General como la panacea, pues Plan General hay uno y está bien vivo. Otra cosa es que no convenga  a nuestros actuales intereses, ni a las políticas de sostenibilidad que estamos tardando en aplicar. Una de ellas es la de dejar de consumir suelo para edificios chatos y aumentar la edificabilidad razonablemente, y hacerlo desde los preceptos del no consumo de nuevo suelo y de la equitativa distribución de riqueza que ello supondría.
 
Queda, por tanto, para cambiar la percepción de esta ciudad un camino intermedio que se mide en un tiempo corto, que podría ser el de acordarse de las esquinas para hacer no sé bien qué en ellas de modo que la ciudadanía se las apropie, y olvide el resto del duro paisaje urbano que quedará tal cual de desolador. O bien, apelar a biocalles o a biociudad, que significaría que la paciente ciudadanía no tendría que buscar esquinas que apropiarse ni putas que desplazar, y se regocijaría en toda ella, en cada calle de toda la ciudad. Por lo expresado, discrepo de la efectista medidas de las esquinas, por absurdas, porque ya no saben cómo llamar a las cosas para cobrar. De toda la vida, a plantar árboles se le llama plantar árboles, pero eso en un proyecto no queda lucido y nadie va a pagar un duro por semejante obviedad. No sé la manía que tenemos de dar toda suerte de rodeos a algo tan sencillo, ni por qué tenemos que echar mano de ningún iluminado externo, teniendo a los nuestros para semejante cosa.
 
De más abuelas deberíamos echar mano para que las cosas sencillas vuelvan a ser sencillas
Con las biocalles, no hay Plan General del que nadie vuelva a acordarse, porque se habrían resuelto de golpe varios frentes que tenemos abiertos: el de la ausencia de una única línea de cornisa, que da como resultado en la misma manzana una casa de una, de tres y de cinco plantas. A los snobs, a esto gustan en denominarlo como sky line, pero eso vale en Nueva York. Aquí y en La Palma es una cutrez. Pues para arreglar ese desaguisado de  una altura aquí, cinco de allá, y al lado tres, se planta una fila de árboles delante y se acabó el problema. Todos cobijados sobre una nueva fachada verde y regular que homogeneizará el irregular frente construido. Mano de santo que dirían las abuelas. De más abuelas, por cierto, deberíamos echar mano para que las cosas sencillas vuelvan a ser sencillas y a ver si las dejamos de complicar con palabrejas y cuentos, que sólo convencen a alcaldes poco preparados y acomplejados y a concejales con poca cabeza.
 
Sobre qué otros problemas resolverían las calles arboladas —las biocalles de los engreídos— pues tendríamos el de las faltas de sombra, de calidad del aire, de compactación visual de todos los barrios que hacen esta ciudad, de calidad de vida... Pero todo eso ya lo deberíamos saber sobradamente ¿O no?

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