Con motivo de la presentación de su obra sobre César y Pepín Ramírez
Entrevista a Juan Marrero Portugués (I)
22 de octubre de 2016 (01:45 h.)
Con motivo de la presentación de su libro "César Manrique y Pepín Ramírez. Dos líderes canarios en su contexto histórico", celebrado el pasado jueves 20 de octubre en la sede de la Fundación César Manrique.
En esta primera parte de la entrevista, que se publicará en dos entregas, Juan Marrero Portugués, autor del libro “César Manrique y Pepín Ramírez. Dos líderes canarios en su contexto histórico”, profundiza en la personalidad y las aportaciones de ambas figuras, a la vez que hace referencia a la idiosincrasia de la sociedad lanzaroteña de las décadas de los cincuenta y sesenta.
Usted llegó a Arrecife como director de una nueva sucursal de La Caja en diciembre de 1952. Tenía entonces 23 años. ¿Qué imagen o recuerdo más vivo guarda de su primer encuentro con Lanzarote?
Como llegaba muy mentalizado para lo peor, no puedo decir que me sorprendiera alguna cosa en particular. Recuerdo, sin embargo, con la natural nostalgia, mis primeros días en la Pensión “La Vasca”, naturalmente hoy desaparecida, que estaba enfrente del hoy Parque José Ramírez Cerdá. Era el mejor alojamiento entonces, salvando el recién inaugurado Parador Nacional. Disponía, sorprendentemente, como único servicio instalado en una amplísima habitación, de un cuarto de baño dotado con modernísimas piezas sanitarias, de la casa “Roca”, de color negro intenso, primera y única vez que he visto en mi larga vida este color en un baño público o privado, con una magnifica grifería, por la que, naturalmente, no fluía agua. El agua que había que utilizar estaba en sendos baldes al pie de cada pieza.
¿Qué recuerda de la vida de un día cualquiera de entonces en Arrecife?
Para mí era una pura rutina. Se trabajaba seis días a la semana, mañana y tarde. Al mediodía, después de almorzar, entre una y dos, acudía siempre al Casino a tomarme un café, preparado en cafeteras individuales, y a jugar una partida de dominó con algunos Moros Notables, a pesar de la considerable diferencia de edad con ellos, pero eran ellos mismos quienes me invitaban. A la larga, caí en la cuenta de que era prácticamente el único socio joven que jugaba con estos ilustres personajes. Al atardecer, vuelta al Casino, salvo los días que ponían alguna película. Los domingos, después de la misa de las doce, con una iglesia abarrotada de feligreses, se tomaba el aperitivo en el Casino, para, por la tarde, ir al campo de futbol de “Las Vegas”, también desaparecido, para asistir a los partidos.
En su libro “César Manrique y Pepín Ramírez. Dos líderes canarios en su contexto histórico”, usted habla de que, cuando llegó a Arrecife, encontró una sociedad hospitalaria y alegre, pero también primitiva, caciquil y muy clasista. ¿En qué se notaba?
Para un forastero un poco observador, se notaba en multitud de detalles que los residentes aceptaban con la mayor naturalidad. Por ejemplo, en cómo se agrupaban las personas al entrar o salir de las misas o dentro de la propia Iglesia. O también en la diferencia entre los socios del Casino y los socios del Círculo Mercantil, conocido como la “Democracia”, un término tabú en aquel régimen franquista, pero que en Lanzarote se empleaba haciendo caso omiso de la prohibición. Para rizar el rizo, los socios del Casino podían disfrutar de las instalaciones de la “Democracia” sin pagar cuota alguna, mientras a los socios de la “Democracia” ni se les ocurría pisar el Casino.
¿El periódico “Antena” y la llegada de los correíllos alteraban la rutina del día a día?
“Antena”, como semanario que era, obviamente, tenía una difusión muy limitada, pero suficiente entre la clase más privilegiada, que era en definitiva la que mandaba. Guillermo Topham, “Guito”, su fundador y director, era querido y respetado en todos los sectores, que esperaban con cierta impaciencia la opinión de “Guito” sobre el último acontecimiento ocurrido. Por supuesto, con las debidas limitaciones, “Antena”, cuando aparecía, nos hacía romper la rutina diaria. La llegada de los correíllos, era ya parte de la rutina diaria, aunque ocurría dos veces por semana, pero se fue difuminando su importancia con el aumento de los vuelos diarios de Iberia.
Usted conoció a los Moros Notables, lo cuenta en su libro. Eran un verdadero poder fáctico. ¿Cuál era el alcance de su influencia real?
Eran, obviamente, un auténtico poder fáctico. Era una referencia ética y moral, y, desde luego, moderador del caciquismo imperante. Con el crecimiento demográfico de Lanzarote, era una institución llamada a desaparecer, aunque en su caso, fue antes de lo previsto. Los Moros Notables y el Casino de Arrecife eran la misma cosa. Al desaparecer el Casino y transformarse en Club Náutico, hacía 1960, se extinguieron los Moros Notables.
Entre 1952 y 1957, usted fue tesorero del casino y tercer teniente de alcalde de Arrecife con dos alcaldes, Federico Coll y Pepín Ramírez. ¿Había en la sociedad insular de entonces o en las autoridades locales confianza en el turismo como motor de cambio de la isla?
En absoluto. Nadie pensábamos en un posible desarrollo de la isla basado en el turismo. Ni el propio Pepín Ramírez. Escuchábamos a César sus apasionadas peroratas sobre el tema como si fuera una utopía. “Esas son las cosas de César”, decían los Moros Notables. César estaba predicando en el desierto. Él era el único que creía en sus propias afirmaciones.
En su libro, usted sostiene que, además del impulso que José Ramírez Cerdá dio a la obra pública en la isla, su gran mérito fue haber involucrado a César en el devenir de Lanzarote. ¿Hubiera sido posible el prestigio del que goza Pepín Ramírez sin la aportación de César al patrimonio cultural y al modelo turístico a través de los Centros de Arte, Cultura y Turismo?
No. Sin ese tándem Cesar-Pepín, Pepín Ramírez hubiera sido, sencillamente, un buen Presidente del Cabildo a secas, pero no un excepcional Presidente como lo fue después. Una magnifica y honesta administración y gestión de los recursos públicos, que era lo que sabía hacer Pepín, no eran motivos suficientes para el lanzamiento turístico de Lanzarote. El factor “turístico”, con el añadido del tratamiento del paisaje y de la naturaleza, fue la gran aportación de César, con la creación de los Centros de Arte, Cultura y Turismo por ambos. Como es lógico, sin ese tándem César-Pepín, tan oportuno en el momento justo, el desarrollo turístico hubiera terminado llegando a Lanzarote, pero no tendría ni la calidad y ni la excepcionalidad que tiene ahora