Opinión

Una isla poco vigilante

Una isla poco vigilante

Es probable que la percepción de que las administraciones locales están poco vigilantes o que no destinan personal a esas tareas no sea una leyenda urbana. Como muestra de ello, valga decir que  podemos observar las huellas de los vehículos en parajes por donde no deben circular, o cómo proliferan vertederos en lugares que no son de fácil acceso, se culminan intervenciones no autorizables en espacios protegidos, se expolian recursos naturales limitados en zonas no autorizadas, se vulnera la normativa de edificabilidad, se saquean espacios de interés arqueológico... Todo ello viene provocando una evidente degradación en nuestro medio natural a la vez que hace mella en la flora y la fauna, perturba el disfrute del paisaje, deteriora nuestra imagen en los límites de la propia isla y en el exterior, produce un menoscabo en nuestros valores culturales, dinamita nuestra autoestima, acrecienta las desigualdades y se carga nuestra confianza en las instituciones y en las personas que las representan.

Ninguno de los cargos públicos de ayuntamientos y Cabildo parecen considerar que ninguna de estas situaciones va con ellos, más concentrados en cuidar su imagen a la par que destinan los recursos públicos a dar cabida en esas administraciones a sus afines. En la lista de tareas no parece encontrarse la de dar respuesta a algunas necesidades acuciantes que pongan límite a las actuaciones de nuestros convecinos y turistas que no reparan en el daño que provocan sus actos, por no decir, las atrocidades que ellos mismos cometen. Abochorna que se las pasen colocando personal innecesario para pagar favores, antes que dar sencillas respuestas a servicios infradotados que resultan esenciales para la calidad del espacio y nuestra calidad  de vida. Por extensión, para la excelencia del propio destino turístico.                                                                                       

El que estas situaciones son del conocimiento de todos, no lo tengo muy claro, pero que en los ayuntamientos y en el Cabildo es de general conocimiento, no me cabe duda. Los alcaldes, concejales y algunos agentes del orden conocen perfectamente la realidad de sus municipios y hasta las situaciones irregulares. Nadie duda de que en determinados municipios no se mueve un alfiler sin que lo sepan sus alcaldes, pues tal es la fiscalización que se realiza. Los distintos departamentos del Cabildo vinculados de una u otra forma con el territorio son perfectamente sabedores de esas realidades. Conocen las propiedades que se han levantado sin autorizaciones, sin informes o sin licencias, y en algún caso se ha animado a que procedan libremente, porque de pedir permiso se les va a denegar. Sobre todo, esta última tarea es más propia de políticos que de técnicos. Los índices de arbitrariedad nunca parecen tocar techo.

Hay varios aspectos que concurren en este tipo de hechos, siendo uno de ellos el acomodamiento de los trabajadores públicos que han desistido de iniciar procedimiento alguno porque las instancias políticas no están por la labor de perseguir a vecino-votante alguno. Que le pregunten a las policías locales. En algún caso, el marco normativo es tan disparatado que provoca efectos de rechazo, tanto, como para ignorarlo. De lo que no cabe duda, es que los representantes públicos y hasta los partidos políticos a los que pertenecen, rara mención hacen a estos asuntos, pues lo impide el servilismo, la complicidad y el férreo control sobre el aparato. El que se mueva no sale en la foto.  

Hacer referencia a la isla como destino turístico parece que se limita a los alojamientos y a las visitas a los Centros de Arte y Cultura, como si nuestros visitantes anduvieran con orejeras fuera de los circuitos que tienen en la cabeza. Como si no supiéramos que cualquiera anda armado con móvil y cámara en ristre poniendo en evidencia las bellezas de la isla, pero también las miserias con las que tropiezan y que es lo más alejado, tanto de la isla mítica que pretendemos vender, como de la Reserva de la Biosfera que somos, galardón que, desde la declaración en 1993, a efectos prácticos para el territorio, no ha servido, en manos de ningún cargo público, para nada, a la vista de lo que no ha sucedido y que tenía que haber sucedido. Señalo como apunte:

“ … se puso en marcha el Consejo de la Reserva de la Biosfera en 1998 y nuevos instrumentos y proyectos encaminados a hacer compatible desarrollo económico y la protección de los valores medioambientales de la isla con la idea principal de apostar por el turismo de calidad frente a la cantidad y masificación característica de otros destinos. (Reserva de la Biosfera /928 81 01 00/ [email protected])”

Como también se señala en la referencia existente en internet, desde la creación de este órgano, “el principal logro —¿el único?— alcanzado es el cúmulo de conocimiento”. Añado yo que de qué sirve tal volumen de conocimiento si no se vuelca en el territorio y no hay aplicación práctica del mismo. Pensemos si es un éxito o un fracaso.

Percibo, además,  que no estamos estableciendo un listado de prioridades donde emplear el dinero público, y que se me antoja que es un vasto espacio comprendido entre la atención a las necesidades sociales y la supervivencia de la isla como algunos la soñamos.

En conclusión, información de las cosas que suceden y de los hechos perpetrados no nos falta. Lo que corresponde exigir es que se pongan al tajo creando los mecanismos de control y vigilancia que sean necesarios. Entre las siete alcaldías y la presidencia del Cabildo lo arreglan enseguida. A no ser que a todos les vaya bien en el río revuelto que es la cosa pública insular que permite que  anden  con la barriga llena —es un decir— aunque al pueblo, lo que se le esté llenando sea la cachimba.  

Una isla poco vigilante
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