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Entre el alivio y la incertidumbre

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Manifestación Venezuela, foto archivo

“Ante las atrocidades tenemos que tomar partido. El silencio estimula el verdugo” (Elie Wiesel)

La reciente noticia de la detención de Nicolás Maduro genera, sin duda, un sentimiento de alivio para quienes hemos observado durante años el deterioro democrático y la crisis humanitaria en Venezuela. Es el fin de un ciclo oscuro, muy oscuro. Ver el fin de un régimen que erosionó las instituciones, persiguió la disidencia y sumió en la pobreza a un país antes próspero es motivo de celebración.

Sin embargo, este entusiasmo no debe cegarnos ante las formas: alegrarse por el fin de la autocracia no equivale a firmar un cheque en blanco a la intervención de Estados Unidos.

Mi alegría nace de la esperanza de voluntad para los venezolanos. Es la satisfacción de ver cómo el miedo dejar de ser la principal herramienta de control social. Pero esa libertad solo será plena y duradera si es el resultado de la voluntad popular y de proceso de reconstrucción interna. La legitimidad de un nuevo gobierno no puede emanar de despachos en Washington.

Me preocupa profundamente el estado en el que quedará el país tras la intervención estadounidense y, sobre todo, lo que esto evidencia acerca de la alarmante debilidad de la Unión Europea.

La caída de un régimen supone solo el inicio de un proceso complejo y difícil, la transición a la democracia, lo que implica superar grandes obstáculos económicos, divisiones sociales, la necesidad de establecer instituciones independientes y justas, pactos políticos y un estado de derecho. No se crea automáticamente un sistema democrático funcional. Surge un vacío de poder, se precipita una diversidad de conflictos (no parece fácil sanar heridas y traumas de años de represión), e incluso un régimen militar…

La historia nos ha enseñado que las intervenciones diseñadas en Washington suelen priorizar sus propios intereses geopolíticos y comerciales por encima de la estabilidad social a largo plazo del país intervenido.

Una nación bajo tutela externa corre el riesgo de no recuperar su soberanía real. La comunidad internacional debe acompañar, no dirigir. Debe sancionar los abusos, no imponer gobernantes. El argumento “el fin justifica los medios” es temerario: si permitimos que la democracia sea exportada por una presión externa desmedida, debilitamos el concepto mismo de soberanía nacional.

Lo más espinoso de este escenario es la posición de Europa. La Unión Europea ha demostrado una vez más que no tiene una política exterior propia. Debería haber sido la fuerza diplomática equilibrada que orientase una transición pacífica. En cambio, ha escogido asentir a todo lo que se decide en el Despacho Oval. Al ser incapaces de proponer una vía alternativa, los líderes europeos envían un mensaje de irrelevancia al resto del mundo. Europa está obligada a despertar. Seguir los dictámenes de otros los hace más pequeños y prescindibles en el nuevo orden mundial.

La caída del sátrapa representa el derrumbe de una estructura de poder que se sentía dueña de la vida y el destino de millones. Derrotarlo es un acto de liberación, pero permitir que otra potencia dicte el camino siguiente es, simplemente, cambiar de cadena.

Me alegro, sí, porque Venezuela merece un respiro ante el despiadado ciclo chavismo-madurismo. Pero mi apoyo termina donde empieza la injerencia….

El futuro de Venezuela pertenece a los venezolanos, sin salvadores con banderas ajenas. La democracia se construye desde adentro.

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