“Espejo Quebrado”

Policías locales en Famara, foto archivo

La política municipal debería ser un espejo donde el ciudadano se vea reflejado sin distorsiones. Sin embargo, cuando el político traiciona su palabra para someterse a directrices de un partido lejano, ese espejo se quiebra. Mientras en las grandes capitales se deciden estrategias abstractas, en el ayuntamiento se gestiona la realidad tangible. Por eso, cuando la obediencia ciega a las siglas se impone, la política deja de ser servicio para convertirse en un veneno que entumece la municipalidad.

Esta fractura se hace evidente cuando un concejal vota a favor de proyectos que sabe perjudiciales (un urbanismo depredador, el cierre de un centro sociocultural o tasas injustificadas), solo por disciplina de partido. En ese instante, está dinamitando el puente que une la gestión con la vida diaria.

Al elegir la supervivencia en el escalafón por encima del bienestar del vecino, el representante se desdibuja: deja de ser una voz propia para convertirse en una figura gris, un eco de consignas redactadas sin disimulo en la distancia

Bajo este modelo, los plenos municipales se transforman en un teatro de sombras. Los argumentos llegan escritos desde una sede central y se legisla sobre realidades que no se pisan y problemas que no se sienten. Es la asfixia de la cercanía, el intento de encajar la complejidad de una localidad en un molde ideológico precocinado.

En las entrañas de los barrios, la traición no siempre llega con un gran escándalo de corrupción. A menudo prolifera en el tibio y gélido silencio de una comisión. Traicionarse en lo local es una forma de suicidio civil.

A diferencia de la política nacional, protegida por muros altos y opacos, en el municipio la coherencia se mide cara a cara. En la política de proximidad, cuando un concejal deja de ser vecino para ser soldado, la democracia pierde su raíz más humana y el político, su integridad como garante de lo cotidiano.