Opinión

Colombia apunta a un cambio histórico

Gustavo Petro
Gustavo Petro
Colombia apunta a un cambio histórico

A falta de la segunda vuelta en las elecciones presidenciales, que Gustavo Petro se instale en la Casa de Nariño sería un hecho histórico en la República de Colombia  impulsado por 8,5 millones de ciudadanos que entregaron este domingo 29 de mayo su confianza en primera vuelta a la alianza política con nombre premonitorio: Pacto Histórico. 

La victoria definitiva de la fórmula Gustavo Petro, presidente, – Francia Márquez, vicepresidenta, mujer afrodescendiente, apunta a un hecho  histórico porque esta alianza de izquierda interrumpiría casi doscientos años de bipartidismo de liberales y conservadores, los últimos años disfrazados con otras siglas, pero con el mismo espíritu corrupto y avasallador sobre los bienes públicos y la vida de líderes políticos y sociales que pudieran toserles.

La contienda electoral en segunda vuelta está servida y Petro, que consiguió el 40,32% de los votos, deberá convencer a abstencionistas e indecisos para consumar el cambio porque su adversario, Rodolfo Hernández, con un 28,15% de los votos en primera vuelta y con apenas figuración nacional,  es ya la opción de los mismos con las mismas después del fracaso de su primer delfín, Federico Gutiérrez, que se quedó fuera con el 23,91% de los votos. Todos los clanes de la vieja política pondrán sus medios y artimañas para intentar la remontada apostando por Hernández. 

En mi vida de universitario y pinitos profesionales viví estupefacto como cualquier ciudadano del país la muerte de Jaime Pardo, asesinado en el año 87, y Bernardo Jaramillo, fulminado en el 90, dos figuras de la izquierda colombiana que amenazaban el establecimiento con su liderazgo, capacidad y carisma.

Ambos fueron candidatos presidenciales por el partido alternativo Unión Patriótica, fuerza política exterminada a punta de plomo. Una cifra espeluznante de genocidio político en “democracia”: más de 1.500 miembros de la UP fueron asesinados por supuestas fuerzas oscuras que por su actuar e intereses más claras no podían ser.

En ese triste y recurrente capítulo de la historia colombiana también mataron, entre otros, a Luis Carlos Galán, otro político presidenciable, fundador del Nuevo Liberalismo, víctima de las balas cuando llegaba a un mitin en plaza pública en el año 89.

El triunfo parcial de Petro es por tanto un rechazo a la violencia, incluidos los crímenes de Estado de los últimos años,  dirigida por el expresidente, ‘El matarife’, Álvaro Uribe Vélez y sus títeres de turno como el subpresidente saliente Iván Duque.

La Justicia confirmó el año pasado que 6.402 personas inocentes fueron asesinadas  entre 2002 y 2008 por miembros de las Fuerzas Armadas para ser presentadas como bajas de la guerrilla en combate, años de gobierno de Uribe Vélez.

El apoyo ciudadano a Petro es además un rechazo a la muerte todavía continuada de cientos de líderes sociales abanderados  de denuncias de atropellos a clases marginadas de la población y colectivos despreciados como el indígena.

Es también una liberación a los discursos del miedo al cambio perpetrados por potentes medios de comunicación y partidos tradicionales de derecha con la retahíla de la supuesta llegada del “castrochavismo” o del “comunismo”, algo parecido a lo que pasa en España con partidos como PP o Vox que sin embargo se hacen caquita cuando evitan condenar delitos fiscales constatados del Rey Emérito y otras actuaciones de dudosa catadura ética o moral. Tan cínicos son que piden “respeto” a su majestad.

Sería oportuno preguntarle aquí o en Colombia a alguno de estos (as) que repiten como loros en las cortes generales del Estado y hasta en sesiones plenarias de administraciones públicas lo que pregona “mi presidente”, en referencia a quien lleva el mando de su formación política, si alguna vez han leído al menos un párrafo del ideario que sustenta el comunismo. 

A la hora de condenar la violencia de Estado en Colombia, en España asimismo tiemblan piernas en la mayoría de los partidos constitucionalistas o en filas de algunas fuerzas nacionalistas, que particularmente tildo de simplonas porque tampoco tienen idea o poca idea de lo que defienden.

La victoria parcial de Petro también reivindica el cumplimiento del Acuerdo de Paz firmado con las FARC en 2016, vilipendiado por los padres de un Estado  narcoparamilitar que optaron por aliarse con bandidos para asegurarse el poder y con él su poderío económico a costa de la pérdida del bienestar común, por ejemplo, con la educación y la salud pública pisoteadas para hacer de ambas un suculento negocio de millones.

El reto del primer presidente de izquierda en la historia de Colombia sería mayúsculo, ha creado ilusión, así que de ganar la vuelta definitiva el próximo 19 de junio, tendrá que responder a ella y cumplir las promesas de reconstrucción del país para que sea el mismo país el que empiece a confirmar que no se ha equivocado.

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