El Hospital Insular y la crueldad de llegar siempre tarde
Hay una forma muy Coalición Canaria de gestionar los problemas públicos: dejar que se deterioren lentamente durante años… y luego aparecer con gesto solemne diciendo que “la situación obliga a actuar de urgencia”.
Como si el Hospital Insular hubiera envejecido por sorpresa.
Como si nadie hubiera advertido antes del estado del edificio.
Como si las denuncias de trabajadores, familiares y profesionales sanitarios hubieran sido un fenómeno paranormal.
Pero no.
Los primeros informes y advertencias sobre el deterioro y las carencias del Hospital Insular llegaron precisamente bajo gobiernos de Coalición Canaria y con Pedro San Ginés al frente del Cabildo. Ahí estaban ya los avisos. Ahí estaban ya las señales. Ahí empezó este problema que hoy intentan presentar como si hubiera aparecido ayer por generación espontánea.
Porque aquí la memoria política dura poco… pero los documentos existen.
Y conviene recordar la cronología.
Entre 2009 y 2019 se fueron acumulando advertencias, informes técnicos, denuncias sindicales y señales evidentes del deterioro progresivo del Hospital Insular. Durante toda esa década, con Coalición Canaria teniendo responsabilidades institucionales clave en Lanzarote y Canarias, el problema no dejó de crecer.
Pasaban los años.
Cambiaban los discursos.
Pero el hospital seguía envejeciendo.
Y mientras tanto, se hablaba constantemente de proyectos futuros, reorganizaciones y posibles soluciones… que casi siempre terminaban atrapadas en el maravilloso universo administrativo canario, donde los expedientes envejecen más rápido que los edificios.
Hasta llegar a la situación actual.
Porque el deterioro del Hospital Insular lleva más de una década sobre la mesa. Más de diez años.
Y durante todo ese tiempo el Gobierno de Canarias tuvo una opción bastante más lógica, humana y digna: rehabilitar y modernizar el propio hospital geriátrico.
Porque hablamos de personas mayores.
De usuarios vulnerables.
De gente que necesita estabilidad, especialización y espacios adaptados.
No hablamos de mover muebles de oficina.
Pero claro, mantener infraestructuras públicas no luce tanto como vender “planes de emergencia” en rueda de prensa con cara de misión heroica.
Y ahora pretenden convencernos de que trasladar usuarios al edificio anexo del Molina Orosa es poco menos que un avance histórico.
Qué maravilla todo.
Salvo por un pequeño detalle: la propia Coalición Canaria reconoce indirectamente que esos usuarios compartirán instalaciones con otros servicios y pacientes con patologías distintas.
Es decir, ya no hablamos de un espacio específicamente diseñado para atención geriátrica especializada.
Y aquí es donde uno empieza a preguntarse cosas incómodas.
Porque igual el problema no era que el Hospital Insular fuera imposible de salvar. Igual el problema era la absoluta falta de voluntad política para invertir, rehabilitar y planificar con tiempo.
Que es distinto.
Muy distinto.
Desde Nueva Canarias–Bloque Canarista y voces como Yoné Caraballo se viene advirtiendo precisamente de eso: Lanzarote no puede seguir perdiendo capacidad sanitaria pública mientras todo se resuelve con parches improvisados y soluciones temporales.
Porque lo verdaderamente obsceno no es declarar una emergencia.
Lo obsceno es llegar a ella después de años gobernando.
Y sinceramente, cuesta muchísimo escuchar ahora discursos grandilocuentes sobre “responsabilidad sanitaria” por parte de quienes han administrado la sanidad canaria como ese estudiante que no hace absolutamente nada en todo el trimestre y aparece la noche antes del examen con fluorescentes nuevos y cara de concentración profunda.
Mucho subrayador.
Poca gestión.
Mientras tanto, pacientes mayores, familias y trabajadores viven entre incertidumbre, saturación y promesas recicladas.
Y encima, cuando alguien hace preguntas legítimas sobre la calidad asistencial futura, sobre el cierre progresivo del Insular o sobre el riesgo de desmantelar recursos sanitarios estratégicos… la respuesta es llamarlo “populismo”.
Claro.
En Canarias últimamente preguntar molesta muchísimo más que improvisar.
Pero hay algo que debería quedar bastante claro.
Gobernar no es correr cuando el agua ya está entrando por la puerta.
Gobernar es evitar que la casa se inunde.
Y el Hospital Insular no llegó a esta situación por una maldición divina ni por un fenómeno meteorológico inesperado.
Llegó aquí por años de abandono político.
Aunque ahora intenten envolverlo en ruedas de prensa, declaraciones solemnes y fluorescentes de colores.