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El mito, el ruido y las defensoras que empeoran el cuadro

Hay días en los que el problema no es lo que se investiga, sino quién decide salir a opinar sin haber leído la habitación. El caso de Julio Iglesias es uno de ellos. La Justicia investiga denuncias públicas de agresión sexual. No hay sentencia; sí hay diligencias. Hasta aquí, manual básico de democracia: prudencia, respeto y dejar trabajar a quien corresponde.

Pero no. Aparecen las defensas improvisadas, ese deporte nacional en el que se corre a proteger el mito aunque se lleve por delante a cualquiera.

La intervención de Ana Obregón fue una colección de lugares comunes: bromas fuera de sitio, insinuaciones y el clásico “yo lo conocí y era encantador”. Traducción simultánea: si a mí no me pasó, no pasó. Un argumento que no refuta nada y desautoriza mucho.

Y aquí aparece la incoherencia de fondo. Porque quien hoy relativiza denuncias y ridiculiza el debate es la misma persona que recurrió a la gestación subrogada en el extranjero, una práctica ilegal en España y éticamente cuestionada por convertir el cuerpo de las mujeres en un servicio. Saltarse la ley cruzando fronteras y luego pontificar sobre dignidad y credibilidad no es una opinión: es una contradicción.

Luego está Isabel Díaz Ayuso, que decidió mirar a otro mapa para no mirar aquí. Comparar una investigación concreta con realidades lejanas no es contexto; es desvío. Los derechos no funcionan por comparación internacional ni las denuncias se archivan porque en otros países haya situaciones peores.

El patrón se repite: minimizar, relativizar, bromear, desviar y desacreditar. Todo antes que escuchar. Todo antes que aceptar que el talento no es un salvoconducto y la fama no concede inmunidad moral.

Nadie pide condenas televisivas ni linchamientos. Se pide algo mucho más sencillo y adulto: respeto a las denunciantes, prudencia en las declaraciones y confianza en la Justicia.

Las canciones seguirán sonando. El pedestal, no tanto. Porque cuando el poder se protege a base de chistes, atajos éticos y comparaciones imposibles, lo que queda al descubierto no es el pasado de un icono, sino el presente de quienes corren a taparlo.

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