En el centenario de su nacimiento (I)

Agustín de la Hoz, memoria e hijo devoto de Lanzarote

En el presente año se cumple el centenario del nacimiento del escritor e historiador lanzaroteño, una de las figuras más relevantes de la vida cultural de Lanzarote en el siglo XX
Agustín de la Hoz en Lancelot. Fragmento de la cubierta del libro
Agustín de la Hoz en Lancelot. Fragmento de la cubierta del libro

En el presente año se cumple el centenario del nacimiento del escritor e historiador lanzaroteño Agustín de la Hoz Betancort (Arrecife, 1926 – La Laguna, 1988), una de las figuras más relevantes de la vida cultural de Lanzarote en el siglo XX.

Nació el 31 de agosto de 1926 en Arrecife —aunque en algunos documentos oficiales aparecen fechas distintas— y falleció el 11 de agosto de 1988 en La Laguna, tras una grave enfermedad. Con su desaparición se apagaba una de las voces más comprometidas con la memoria histórica, cultural y humana de la isla.

La edición impresa de El País del 15 de agosto de aquel año publicaba una breve reseña sobre su muerte en la que lo definía como «máximo exponente de la vida cultural de Lanzarote» y recordaba que era autor del libro «más representativo» dedicado a la isla, titulado Lanzarote (1962). 

Un escritor al servicio de la esencia de la isla

Agustín de la Hoz cultivó la poesía, el ensayo, la historia y el periodismo. Aunque su auténtica vocación fue la literatura, muy pronto comprendió que su compromiso con Lanzarote pasaba por rescatar y difundir la esencia de la isla.

A mediados de los años cincuenta comenzó a colaborar en Diario de Las Palmas, donde publicó una serie de artículos bajo el título «La Gran Desconocida», dedicados a desentrañar la realidad histórica y cultural de Lanzarote. Aquellos trabajos marcarían el inicio de una intensa labor investigadora que culminaría en 1962 con la publicación de su obra más conocida: Lanzarote.

En ese libro quiso recoger, recorriéndola «palmo a palmo», la vida milenaria de la isla, su geografía, sus gentes y sus episodios históricos. Ningún rincón lanzaroteño, por pequeño que fuera, escapó a su mirada.

La obra sería reeditada por el Cabildo de Lanzarote en 1994 —Colección «Clásicos de Lanzarote», «Agustín de la Hoz. Obra Escogida», Tomo III, cuya portada recoge un dibujo de Pancho Lasso—, confirmando su condición de referencia imprescindible para comprender la identidad de la isla.

Una obra diversa

La producción literaria de Agustín de la Hoz abarca distintos géneros, desde la poesía hasta la investigación histórica. Entre sus libros destacan: Alba detenida (1954), poema en prosa; Lanzarote (1962); Cueva de los Verdes (1966), premio nacional; y Coplas de Víctor Fernández (1977).

Tras su muerte se han ido publicando otros trabajos, algunos de los cuales había dejado inéditos o dispersos: Agustín de la Hoz en Lancelot. Obra periodística (1981-1988) (1996), de Mario Alberto Perdomo; y El Charco de San Ginés. Entresijos de su ser y su vida (2008), Arrecife de ver pasar (2010), y Apuntes de una historia del periodismo en Lanzarote (2017). 

Los tres últimos libros se han hecho realidad gracias al trabajo y compromiso de Benchomo Guadalupe, responsable del Archivo Histórico Municipal de Arrecife, que se ha encargado de rescatar y editar los materiales inéditos del escritor.

Investigador del periodismo lanzaroteño

Entre los proyectos que Agustín de la Hoz dejó inconclusos figura Apuntes para una historia del periodismo lanciloteño, fechado en 1963. La obra comienza en 1858 con El Crisol, periódico manuscrito, continúa con Crónica de Lanzarote, primer medio impreso de la isla en 1861, y se detiene en los primeros años del siglo XX.

El proyecto era titánico: estudiar toda la historia del periodismo insular. A través de esas páginas amarillentas, el escritor buscaba algo más que datos históricos: pretendía descubrir el espíritu de toda una sociedad.

En esas publicaciones detectó lo que él llamaba «atributos de nobleza», porque reflejaban lo mejor que la isla había dado a la vida pública. Pero también señalaba con claridad los males persistentes de la sociedad lanzaroteña. «Lo de siempre: el caciquillo desprecia la inteligencia y el político no quería más que servidores», escribió en una ocasión.

Su idea del periodismo

Agustín de la Hoz tenía una concepción muy exigente del oficio periodístico. Para él, el periodismo debía ser un instrumento de conciencia crítica y de servicio público.

Definía su misión como: «Construir algo positivo, hacer el bien por el bien mismo, servir a la sociedad más desamparada por el poder público y saltar a la palestra con dignidad cuantas veces sea necesario para airear y combatir las injusticias».

El periodismo, en su opinión, debía también desenmascarar el oportunismo y las posiciones arribistas, sin perder nunca su independencia. En el fondo, lo entendía como una forma de amor a la tierra natal, una vocación destinada a abrir y ensanchar caminos y despertar la conciencia de la sociedad.

Contra el olvido

En su constante labor de investigación histórica, Agustín de la Hoz descubrió innumerables personajes y episodios olvidados de la historia de Lanzarote. Ese contacto con el pasado lo llevó a formular una crítica severa a la sociedad insular.

A su juicio, en la isla había operado durante mucho tiempo una especie de «selección negativa» que marginaba a las mejores personas. Lo expresó con una frase especialmente contundente: «En la sociedad conejera ha regido una especie de bárbara ley de selección negativa que escoge a los mejores, no para reconocerlos, sino para marginarlos primero y hundirlos después».

Por eso dedicó gran parte de su obra a reivindicar lo que él denominaba el «espíritu lanciloteño», una identidad cultural y moral que consideraba amenazada por el desarrollismo mal entendido.

El hombre

El escritor Leandro Perdomo, amigo y contemporáneo suyo, dejó un testimonio revelador tras su muerte en un texto titulado «Agustín de la Hoz y la generosidad». 

En él subrayaba, por encima de todo, la calidad humana del autor: «Pocos, o casi ninguno, ha hecho como Agustín de la Hoz tanto por Lanzarote en el campo de las letras y la investigación histórica; y tan desinteresadamente, tan generosamente, sin tener en cuenta para nada la ganancia o el beneficio económico».

Ese desinterés personal y esa entrega a la cultura constituyen, probablemente, una de las claves de su figura.

Reconocimiento y legado

Tras su fallecimiento, el Ayuntamiento de Arrecife decidió en 1989 dar su nombre a la Casa de la Cultura de la ciudad.

Años después, en 2008, su viuda, Pilar Perdomo, y su hija, Nereida de la Hoz, cedieron gratuitamente al Ayuntamiento de Arrecife el fondo documental del escritor, que hoy se conserva en el Archivo Histórico Municipal. Ese archivo constituye una fuente fundamental para comprender la historia cultural de Lanzarote en el siglo XX.

Sin embargo, como ocurre con tantas otras personalidades isleñas, el reconocimiento público a su figura sigue siendo limitado. Aún hoy permanece pendiente la declaración oficial como Hijo Predilecto de Lanzarote, propuesta que se planteó en vida y que nunca llegó a materializarse.

Un pensamiento vigente, un centenario para recordar

A pesar del paso del tiempo, muchas de las reflexiones de Agustín de la Hoz mantienen plena actualidad. En sus artículos denunciaba la apatía cultural, alertaba sobre la pérdida de personalidad de la isla y criticaba la mediocridad intelectual dominante.

Creía firmemente en la libertad de expresión y en la independencia de criterio, valores que defendió incluso en épocas poco propicias para hacerlo. El periodismo, decía, debía consistir simplemente en «ver, oír y… no callar».

El centenario de su nacimiento ofrece una oportunidad para volver sobre su obra y recuperar la figura de quien dedicó su vida a estudiar, comprender y explicar Lanzarote. Y ello porque Agustín de la Hoz no fue únicamente un escritor o un investigador: fue, sobre todo, un defensor de la memoria de la isla y de la dignidad cultural de su pueblo.

Y esa tarea, cien años después de su nacimiento, sigue siendo necesaria.

LA “VOLADA CONEJERA” 

Por Agustín de la Hoz (Septiembre de 1983)
¿Hasta qué punto la añeja y artesanal “Volada Conejera” sigue actuando sobre los impulsos palabreros del lanzaroteño contemporáneo? Aquí, cuando la sana cordialidad se interrumpe, sea por una cosa o por otra, surge de un modo indeclinable la variopinta e intencionada “volada”, y ahí queda…, bien trabada en las piconas chiribitas del recalmón, igual que “gometa” echada al azar, a merced del viento novelero, a ver qué pasa, y Dios dirá, pero hábilmente manipulada desde una liña cabera, magistralmente ovillada para hacer más verosímil el hecho “fortuito” de soltarse o recogerse, ¡catalay!, y cuya sutilidad deliberada siempre ha tenido su instinto y su tiempo.
Se diría, pues, que vivimos en el país del embuste, del rumor, del bulo, de la mentira, supuesto que todo eso significa aquí la “volada”, acaso la herida más grave que afecta, ¡todavía!, hurga e infecta el eterno, mezquino y ramplón correveidile de turno. Suele ser este sujeto un pobre homúnculo despersonalizado, anodino ingénito, cagatintas de vocación, en suma, tan oscuro y ponzoñoso como aquella araña negra de Lanzarote que registró de oídas el doctor René Verneau, pero, de la cual, nadie ni él mismo supo darnos alguna pista de identidad. Igual que ocurre con el que pone en circulación  una “volada maligna”, ese personajillo ruin que huye de la luz como la “araña negra” de Lanzarote, a la cual presentimos colgada de su tenue hilo excreto, pero cuya localización ignoramos porque nadie sabe exactamente dónde están las claves nefandas de su trama sutil.
A este pobre homúnculo no se le vence con la pasividad chijona ni con el bizantino desprecio. No, no. Él sabe quién es y por eso mismo suele crecerse a solas —sucia cuca volona— cuando hace daño para confortar su oscura y ramplona existencia. ¡Una pena!, sí, pero hay catarlo, dejarlo venir a modo, y al cabo identificarlo como tal enemigo de la convivencia ciudadana: un sujeto de cuidado que nada tiene que ver con el ocurrente, ingenioso lanzaroteño de antaño.
Hasta no hace mucho, el Casino de Arrecife, La Democracia y hasta los humildes “cabildos” del interior, estaban llenos de “voladas conejeras”, muy agudas, originales y oportunas, hijas legitimas de la ocasión, del suceso jocoso, de la anécdota inventada o fortuita, aunque, en ningún caso, intensas y malintencionadas, o, lo que es peor, sibilina y calumniosamente atentatorias contra la honorabilidad de las personas. Las genuinas “voladas conejeras” eran rumores inocuos, no más, chismes y cuentos que pasaban y se desvanecían como brisita frescachona de la tierra. Así la entendieron “Ángel Guerra”, Millares, Elías Zerolo, Isaac Viera, Benito Pérez Armas, “Fidel Roca”, Leopoldo Díaz, e incluso hay una obrita de teatro local —graciosa y folklórica— íntegramente dedicada a la exaltación de la espontánea, sana y sabia “volada conejera”. Por ella pasa un sinfín de anécdotas contadas con el gracejo e ingenuo del “conejero” antaño, a quien dedicamos estas notas con afectuoso y añorante recuerdo.
Ahora ocurre todo lo contrario. A la ocurrencia de bonhomía ha sucedido la “volada” torpe, sin gracia, vulgar, que confunde, distancia y enfrenta nuestros amigos y paisanos. En las “barras” y tertulias tampoco falta el correveidile de turno, ese pelmazo inculto, insufrible, capaz de cualesquiera palanquinada a cambio de alcanzar “cierta altura” por chinita que ésta sea. No pasa día en que no encuentre uno a este novedoso “antofagasta” que, aboticando los besos, bien agachadita la voz, le diga con sibilino acento “¿No lo sabes” El Gobierno… El Guerra… Soteras… y el Catyecismo-gomados… Me lo ha dicho quien lo sabe…”, o, en otro caso, la pedante afirmación “La Graciosa será muy pronto la cabeza de la hidra…”, o: “Parece que comunistas, fácticos y fascistas están ya cultivando rosas de invierno…, ya verás…” El rumor, el bulo, la “volada” se destila en los oídos del prójimo casi al desgaire aparentemente sin malicia, pero esparramándola como gota de aceite en papelvaso: “¿Ése? Pues si yo te dijera lo que me han contado de él…” o el tópico peculiar del mariquita: “¿Ésa? Una ‘estrecha’ con más rotos que el sayo de San Roque…” o: “¿Fulano? Está podrido de dinero, pero de dinero non sancto… ¡Por ésta!”.  
La cosa es inventar con torpeza, propagar y creer con mala fe, contagiar al inocente y asegurar esto y lo otro para dar a entender que se está al cabo de la calle. Y lo peor es que hay quienes gustan recoger y, a su vez, transferir la “volada” como un mal aire, a ráfagas canilosas, hediondas, extendiéndolas y recargándolas de todos los significados peyorativos menos de aquel que sería el más apropiado y al cual debiera afectarle siempre no ya la moral cristiana sino estrictamente la moral civil. Para el correveidile todos los indicios son válidos con tal del poder de infamar a las personas, e incluso el exceso de honradez es síntoma propicio para que ese homúnculo —capadito integral— eche su “volada” tópica, vulgar, maligna, hábilmente dirigida hacia el corro ocioso y estúpido de los crédulos.
Se engaña quien suponga aún que la noble, ocurrente e ingeniosa “volada” sigue vigente. Nada menos cierto. La fascinación que le era consueta está ya desprestigiada por cuanto llevamos dicho, e incluso su natural influencia —que la tuvo— hogaño carece de autoridad en boca de ciertos zascandiles, “vivaques” que decimos los del terruño, porque utilizan la “volada”, además, como arma política, de suerte que sus dardos venenosos campean libremente, y, a veces, entre el falso testimonio y la calumnia. Lo importante es “quemar”, restar méritos, descolocar al adversario, y de ahí que tales chupamedias no mencionen fuentes, ni incluyan otros contextos ni aclaren nada con lógico sentido. Por desgracia quedan aún “virques” y fanáticos que tienen interés en matar la verdad, pues son ellos quien echan “voladas” como arma política y saben muy bien que éstas irán a planear, destilando sus puercos churrines, sobre la parte menos informada de la sociedad. Y contra semejante mollizna no hay más antídoto que la verdad, es decir, la información con mayúscula, de la que mal que nos pese andamos aún menesterosos. 

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