Cataluña y el miedo

Foto: GDP.

Hay gente, mucha gente pidiendo medidas de excepción excepcionales para Cataluña. El problema es que tal vez, solo tal vez, España en sí misma es una medida de excepción. [email protected] la llaman medida de transición. Una excepcional y larguísima medida de transición que, a este ritmo, se caduca sin ‘transcender’ a nada. Y [email protected], cada [email protected] por sus diferentes motivos, acabarán sintiéndose [email protected] Así se puede entender mejor porque se piden medidas de excepción excepcionales. [email protected] para la independencia, [email protected] para la unidad.
 
Y, por cierto, como [email protected] pensionistas no se pongan a quemar contenedores, y forzar medidas de excepción excepcionales para ese extraño país que es la tercera edad o la vejez o la madurez o como quieran. Me temo que poca atención van a recibir más allá de las vanas palabras electorales. Porque siempre demandan manifestaciones pacíficas y civilizadas y luego, cuando son así, ni puto caso. Y, por otro lado, esto que llaman civilización pues tampoco es que se consiguiera solamente a base de manifestaciones pacíficas y civilizadas.
 
 
[email protected], por defender la yesquera, estaría criando malvas en el trullo y no en el Risco. No es broma
Ahora, que nuestro país se ha hecho más excepcional, me pregunto qué pasaría con estas modernidades, con los actos que se sucedieron cuando defendimos la no instalación de ‘vete a saber qué cositas militares’ en el Risco. Me temo que aquel día, que no se sabe quien,  tiraron las vallas y la gente entró allí y algunos fuimos detenidos; hoy día se podía haber aplicado la ley como si fuéramos terroristas. Y [email protected], por defender la yesquera, estaría criando malvas en el trullo y no en el Risco. No es broma.
 
Así que no deja de ser asunto baladí que uno trate de ‘transcender’ por su puta cuenta. Y esperar mientras tanto, de reojo, a ver si se termina la transición más larga de la historia contada. Que con tanta explicación sobre los condicionantes internacionales por los que Cataluña no puede independizarse, están poniendo sobre la mesa que Canarias, pues sí. Todo es paradójico y de alguna manera uno termina observando con el asunto catalán, como los machos de extrema derecha y su Vox, de alguna manera, están concordantes con el partido feminista. Al menos en su opinión sobre la rebelión que no es rebelión o sí, según el supremo humor de los poderes españoles y catalanes. Los que manejan las perras me refiero. Los que se amenazan de reojo y colmillo. Ya sabes, Pujol insinuando que él sabe lo que es el Botín. Y donde está. Y el Estado lo mismo con los Pujol.
 
Aprovecho para hacer otra reflexión. Antes de toda esta bronca, realmente recuerdas algún momento que te hubiera hecho sentir bien, contento, feliz, pleno o lo que quieras, la sensación, el conocimiento, la percepción, etc. de que España estaba unida, te levantabas por la mañana y decías: ¡Jo!, qué guay, España es una. O te acostabas a dormir pensando: ¡Jo!, qué guay, me duermo y España es una. Así pues, aprovecha lo [email protected] que estás ahora con el asunto y reflexiona sobre la cantidad de ‘cosas’ que tienes y te sostienen o te sostendrán cuando lo necesites sin que te enteres una papa ahora. Por ejemplo, las pensiones, la sanidad pública, el medio ambiente,  la libertad de expresión, las personas queridas, la casa que está en pie. Otras ya las perdiste, por ejemplo los 60.000 millones que se llevaron los bancos, los derechos laborales que habíamos adquirido, los nadie sabe cuántos ¿billones? que se han evadido, es decir evaporado de este ‘único’ país. Y el futuro. Antes de perderlo, el futuro era otra cosa, que no dependía exclusivamente de si las maquinitas nos van a salvar o no.
 
 
Estoy convencido de que la vida para la inmensa mayoría de los humanos ni tan siquiera vale la pena ser vivida
Sobre ecología y meditación a día de hoy. Sucede pasado el filo del amanecer, cuando este ya ha cortado la noche y los primeros pulsos de luz reverberan tras mis párpados. Un frío espacial repentino emerge de la tierra y con él millones de moléculas que andaban engarzadas en anillos de rocíos se liberan alquimizadas por la noche, golpean el interior de mi nariz y como abanico fractal se despliegan embriagándolo todo. Entran dentro de mi ser, abriendo el capullo de hasta la última célula, activando cualquier neurona capaz de sentir. Es como tirarte a un río en la mañana, pero sin piel —¡Ja!, metáfora—. Más aun, como si un río entrara dentro de ti, a través de miles de cuevas subcutáneas y sus aguas fueran una caricia gozosa. No hay rincón del cuerpo que no sea sutilmente estremecido. El día retoña tanto dentro como afuera y la piel desfronterizada se estremece.
 
Antes, ‘yo’ al alba, cual sargento militar, había ido pasando revista a cada parte de mi cuerpo. Un reconocimiento lento, milimétrico, implacable con cualquier ausencia. Ya sea una oreja o el dedo de un pie. El lóbulo frontal o el esfínter anal. Todo tiene que estar presente, vibrante y consciente. Cualquier pensamiento, cualquier emoción, visión, sonido o sensación todo y a la vez. ¡Qué unidad vas a conseguir con el resto del mundo si no conseguimos unir nuestro propio cuerpo!, clama el sargento. ¡Cómo vas a sentir las otras partes del mundo si no sientes las tuyas! ¡Dónde tienen la cabeza!, brama. Y entonces percibes que todo lo que es vida andaba esperando ese instante. Y formas parte de esos segundos de participación común, comunión.
 
Esas moléculas de rocío, nos hacen padecer el mismo trastorno a todos. Cada uno a su manera, pero el mismo. Plantas, insectos, aves, microbios… todos estamos embriagados por ese extraño relente repentino. Y ahí, hay un brote de algo inexplicable; todo cambia a otro estado de ser. Nada, nada conocido por mí se asemeja a esa ‘sensación’, ¿éxtasis? Y dura hasta que hagas el más mínimo gesto, el más mínimo movimiento mental. Cualquier intensión de observarlo, rompe el sortilegio.
 
Luego, cuando el sol te abre a la comunicación mental, a los infinitos ríos del pensamiento, te vas dando cuenta de que las extinciones no son solo de especies, sino que este mundo que liquidamos se lleva infinidad de experiencias no ‘experienciadas’. Que conocidas hubieran sido más que sobradas para que la vida hubiera sido algo prioritario de proteger e ilusionante de vivir. Porque estoy convencido de que la vida para la inmensa mayoría de los humanos ni tan siquiera vale la pena ser vivida, cuanto menos protegida. Más allá del puro instinto físico de supervivencia o el puro miedo mental a la muerte. O la inercia; gran fuerza, la inercia.
 
Lo que llamamos políticamente ‘estado’ es una confusión perversa, una idea profundamente conservadora sea de izquierdas o de derechas
Da igual lo que suceda con este planeta. Hay como un hartazgo de la vida, su incomprensible sentido y sus avatares. Tal es el estado mental actual. O así lo percibo yo. Y me pregunto si seremos capaces de inventar algo tan sutil, tan complejo, tan mágico como la experiencia humana. Ahora, que estamos todo el día inventando. ¿Tal vez esa hartura de sí mismo es lo que impulsa a los humanos a crear vida artificial? ¿Inteligente? ¿Mientras permite y mata y mata niñ@s sobradamente inteligentes, o [email protected]? Dedico la vida mía toda entera a desentrañar en mí el porqué del miedo a la muerte, más allá del aspecto reflejo de supervivencia. Porque intuyo que eso es lo que nos está matando y con nosotros está matando la vida en este planeta. Y si en una de ‘estas’ no me muero, tal vez pueda ayudar en algo a este planeta del que creo que puedo ser algo más que una dolorosa infección.
 
Dicho de otra manera, creo que solo dejando el miedo a la muerte atrás, uno puede transmutarse en ‘célula’ benigna con capacidad de reciclar lo de maligno que esta reventando la biodiversidad de este planeta. Porque empiezo a percibir que es ese miedo el que deslinda, fronteriza los dos estados. Separa y ciega. Y ya sabemos aquí, sin irnos más allá, las consecuencias de las fronteras. Y el miedo a la muerte de lo que lindan, si se mueven.
 
Lo que llamamos políticamente ‘estado’ es una confusión perversa, una idea profundamente conservadora sea de izquierdas o de derechas. Porque tiende a una declaración monolítica inalterable, cuando sabemos que todo es cambio, movimiento, evolución o involución. Y como eso es así pase lo que pase, siempre se vivirá en tensión, en represión o revolución. Porque el cambio de estado es ni más ni menos que el fundamento de todo en el universo. Y el estado, el político, nunca quiere cambios. Y menos su jefe. O los jefes de su jefe.

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